Sobre las políticas de inclusión que queremos
Actualmente en nuestro país hemos
asistido en varias oportunidades a los múltiples debates sobre la inclusión,
sobre lo que necesitamos y sobre las acciones efectivas que pueden ser
desarrolladas por diferentes entes que participan en variadas dinámicas, tanto
en el plano local escolar, como general, en lo social y en lo cotidiano. Por
ello, es que han surgido desde muchos actores, aportes y visiones sobre el
panorama actual. La idea principal de inclusión en la educación supone estrecha
relación entre acceso, participación, aprendizaje y permanencia, es decir,
estos elementos son constitutivos de la inclusión, y centrales para re pensar
los quehaceres actuales en materia educacional.
La Ley General de la Educación, en
su artículo número 4 expresa que es
deber del estado velar por la igualdad de oportunidades y la inclusión
educativa. ¿Bonito, no? se lee como un verdadero agasajo para los ojos, y
también para todos aquellos que creemos insistentemente en la necesidad de
vivirnos en un mundo sin separaciones, sin exclusión, sin algunos tan lejanos
de otros, los que creemos en que es posible disminuir brechas hasta el punto de
que no existan más. Sin embargo, nos encontramos de golpe con una realidad
radicalmente diferente a lo que quisiéramos, alejada rotundamente de lo que
versa su legislación. Encontramos un sinnúmero de listados que posiciona a los
colegios por sobre otros, ranking dentro de un mismo colegio en donde se
margina a un niño por no ser como los demás, por no tener cierta nota o por no
cumplir con cierta cualidad. Las pruebas estandarizadas por su parte, lejos
están de favorecer la extinción de estas prácticas. Conforme pasan los años se
han vuelto un especial aliado de la exclusión y la segregación, han fomentado
un sistema cada vez más competitivo, frío y que cada vez va perdiendo su
esencia, reemplazándola por incansables deseos de escalar en los listados, por
superar todos los años la puntuación SIMCE o el puntaje promedio de la última
generación que rindió la PSU. Pero es justo que aclaremos lo siguiente, no
podemos culpar totalmente a cada establecimiento por compartir cada vez más la
idea de la competencia, es necesario esclarecer a qué responde esta nueva lógica.
Removiendo un poco en la historia de Chile, encontramos que en dictadura
tuvieron lugar importantes modificaciones en el sistema educacional general del
país, instaurándose nuevos pilares fundamentales que sustentarían-hasta hoy-
esta torre inamovible de competencia, inequidad y exclusión. Desde la
instauración de las lógicas mercantiles en el sistema educacional, cada colegio
ha “sobrevivido” como ha podido, es cierto. Se permitió la creación de
establecimientos subvencionados por el estado, que además reciben un aporte
voluntario de los padres y las familias, lo que intensificó la competencia,
para ellos-y a modo de regulador- es que se crearon las pruebas estandarizadas,
que a su vez, fijan metas que los establecimientos deben alcanzar, sin importar
que para ello dejen de lado otras funciones más nobles, como por ejemplo, ser
un espacio de encuentro y relaciones sociales, que nutran a cada persona. Hace
no mucho tiempo, siguiendo esta lógica y a modo de complemento, se crearon los
Mapas de establecimientos, en ellos se categorizaba a cada colegio o liceo
según los puntajes que logren cada año. En el mejor de los casos, accedían a
más recursos, en el peor: El cierre definitivo.
Hemos visto como las ansias por
acceder a más recursos y superar a la “competencia”, tal y como una empresa
multinacional busca superar a otra, ha propiciado un escenario con grandes y
difíciles desafíos. No es una labor simple, el entendimiento de la inclusión
como un derecho humano y social, que debe ser garantizado para todos y todas,
requiere de esfuerzos enormes que se acrecientan cada vez más, e involucra
además la comprensión de esto tanto a nivel local, en espacios pequeños como la
sala de clases, hasta aquellos más amplios como municipios, ministerios, entre
otros. Pero también debe ir acompañado de un efectivo cambio cultural, que
desborde el plano educacional, que recorra todos los espacios. Queremos
inclusión en las salas de clases, en los patios y en los recreos, pero también
en las calles, en los barrios y en los supermercados. A fin de cuentas, la
escuela es el reflejo de la sociedad. A nosotros aún nos quedan bastantes
acciones que realizar.
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